Raymond Carver.

En 1976 Carver escribe Will you please be quiet, please?, un puñado de cuentos en los que critica la porquería de la sociedad: el machismo, el body shaming, los prejuicios sobre la libertad sexual… Casi cincuenta años después y seguimos en la misma mierda. Por ello tomamos cinco de estos cuentos como inspiración para nuestra colección y así visibilizar, desde la irreverencia y el sarcasmo, el daño que ha hecho a las personas el patriarcado.

GORDO

Estoy en casa de mi amiga Rita y, mientras tomamos café y fumamos, le cuento lo ocurrido.

Esto es lo que le cuento.

Es tarde, una noche de miércoles con poca actividad y Herb sienta al hombre gordo en mi zona de trabajo.

Este hombre es la persona más gorda que he visto. Sin embargo, no luce desaliñado y va vestido apropiadamente. Todo en él es grande. Pero son los dedos lo que más me impresiona. Cuando me detengo en la mesa contigua a la suya para atender a la pareja de ancianos, veo por primera vez sus dedos. Parecen tener tres veces el tamaño de los dedos de una persona normal: largos, gruesos, lechosos.

Veo el resto de mis mesas: cuatro hombres de negocios, muy exigentes; otro grupo de cuatro, tres hombres y una mujer; y esta pareja de ancia- nos. Leander le ha servido agua al hombre gordo. Yo le doy tiempo suficiente para que decida su orden antes de acercarme.

Buenas noches, ¿qué va a ordenar? Le digo.

Era enorme, Rita, enorme de verdad.

Buenas noches, dice. Hola. Sí, dice. Estamos listos para ordenar, dice.

Tiene esta forma de hablar. Extraña, o algo así. Y resopla constante- mente.

Creo que empezaremos con la ensalada César, dice. Y después un plato de sopa con pan y mantequilla extra, por favor. Las chuletas, creo, dice. Y una papa al horno con crema. Después decidiremos el postre. Gracias, dice, y me devuelve el menú.

Por Dios, Rita, sus dedos.

Voy apresuradamente hacia la cocina y le entrego la orden a Rudy, quien pone una cara extraña. Conoces a Rudy. Así es en el trabajo.

Salgo de la cocina y Margo… ¿Te he contado sobre Margo, la que anda tras de Rudy? Margo me dice: ¿quién es tu amigo? Es todo un gordo.

Creo que lo que sigue también es importante.

Le preparo la ensalada César en su mesa y él mira cada movimiento mientras sigue poniéndole mantequilla a los panes y colocándolos a un lado, resoplando todo el tiempo. Como sea. Estoy distraída o algo así y termino por tirarle encima su vaso de agua.

Perdón, lo siento mucho, digo. Siempre que uno hace las cosas de prisa pasan cosas así. Perdón, digo. ¿Está bien? Digo. Voy a llamar a alguien para que limpie.

No pasa nada, dice. No se preocupe, dice, y resopla. No se preocupe, no nos molesta, dice. Sonríe y hace un gesto con la mano. Voy por Leander. Cuando regreso para terminar de servir la ensalada me doy cuenta de que se ha comido todo su pan y toda la mantequilla.

Poco después, cuando le llevo más pan, ya se ha terminado la ensalada. ¿Sabes de qué tamaño son esas ensaladas?

Es muy amable, me dice. Este pan es muy rico, dice.

Gracias, digo. Es muy bueno, dice, lo decimos en serio. No siempre conseguimos pan así, dice.

¿De dónde es? Le pregunto. No creo haberlo visto antes, digo.

No es el tipo de persona que uno olvida, dice Rita, sonriendo.

Denver, dice.

No digo más al respecto, pero tengo curiosidad.

Su sopa estará pronto, le digo, y me dirijo a la mesa de los hombres de negocios para terminar de atenderlos. Son muy exigentes.

Cuando le llevo su sopa veo que el pan ha desaparecido de nuevo. Está metiéndose la última pieza a la boca.

Créame, dice, no siempre comemos así. Y resopla. Tendrá que perdonarnos, dice.

No diga nada, por favor, digo. Me gusta ver a un hombre que disfruta la comida, digo.

No sé, dice. Supongo que es una manera de decirlo. Resopla. Se acomoda la servilleta. Después agarra su cuchara.

Vaya que es gordo, dice Leander.

No es su culpa, digo, cállate.

Pongo otra canasta con pan y más mantequilla en la mesa. ¿Qué tal la sopa? Digo.

Gracias. Buena, dice. Muy buena, dice. Se limpia los labios y se toca la barbilla. ¿Hace calor aquí o sólo soy yo? Dice.

No, aquí dentro es cálido. Quizá debamos quitarnos el abrigo, dice.

Como guste, digo. Uno debe estar cómodo, digo.

Es verdad, dice, esa es toda la verdad.

Pero poco después veo que todavía lleva puesto el abrigo.

Los dos grupos de cuatro y la pareja de ancianos se han ido. El lugar se está vaciando. En el momento en el que le sirvo sus chuletas, la papa al horno y más pan, el hombre gordo es la única persona que queda.

Le pongo mucha crema a su papa. Le pongo pedacitos de tocino y cebollines. Le traigo más pan y mantequilla.

¿Todo bien? Digo.

Sí, dice, y resopla. Excelente, gracias, dice, y resopla.

Disfrute su cena, digo. Levanto su azucarera y miro dentro. Él me observa hasta que me voy.

Ahora sé que estaba buscando algo, pero no sé qué era.

¿Cómo va el viejo barrigón? Te va a dejar agotada, dice Harriet. Ya sabes cómo es Harriet.

Para el postre, le digo al hombre gordo, tenemos el especial Green Lantern, que es pastel de pudin con salsa dulce, también hay pastel de queso o helado de vainilla o sorbete de piña.

¿No la estamos reteniendo, verdad? Dice, resoplando. Se ve preocupado.

Para nada, digo. Por supuesto que no, digo. Tómese su tiempo, digo. Le traeré más café mientras decide.

Seremos honestos con usted, dice. Se mueve en su asiento. Nos gustaría el especial, pero también queremos helado de vainilla. Con chocolate encima, por favor. Le habíamos dicho que teníamos hambre, dice.

Voy a la cocina a servirle yo misma el postre. Harriet dice que estás atendiendo a un gordo de circo. ¿Es verdad? Dice Rudy.

Rudy ya se quitó su delantal y su gorro.

Es gordo, Rudy, digo, pero eso no es todo.

Rudy sólo ríe.

Me parece que te da ternura el gordo, dice.

Mejor cállate, Rudy, dice Joanne, que va entrando a la cocina en ese momento.

Me están dando celos, le dice Rudy a Joanne.

Pongo el especial enfrente del hombre gordo y un gran tazón con helado de vainilla y jarabe de chocolate al lado.

Gracias, dice.

Por nada, digo. Entonces me viene una sensación.

Lo crea o no, dice, no siempre hemos comido así.

Yo como y como todo el tiempo, digo. Me gustaría ganar peso, digo.

No, si nosotros tuviéramos la opción diríamos que no. Pero no hay opción.

Toma su cuchara y come.

¿Qué más? Dice Rita. Enciende uno de mis cigarros y acerca su silla a la mesa. La historia se pone interesante, dice.

Es todo. No hay más. Se come sus postres y luego se va y luego Rudy y yo nos vamos a casa.

Vaya gordo, dice Rudy, estirándose como lo hace cuando está cansado. Se ríe y continúa viendo la televisión. Pongo agua para té y me baño. Pongo mi mano en mi estómago y me pregunto qué pasaría si me embarazara y me pusiera así de gorda.

Sirvo el agua en la cacerola, acomodo las copas, la azucarera, la caja de té y llevo la bandeja a Rudy. Como si lo hubiera pensado más, Rudy dice, cuando era niño conocí a un tipo gordo, un par de tipos gordos, muy muy gordos. Eran muy redondos. No recuerdo sus nombres. Gordo, así se llamaba el chico. Lo llamábamos Gordo, era mi vecino. El otro chico llegó después. Se llamaba Torpe. Todos lo llamaban Torpe, menos los profesores. Torpe y Gordo. Ojalá tuviera fotos, dice Rudy.

No se me ocurre qué decir. Tomamos el té y poco después me voy a la cama. Rudy se levanta también. Apaga la televisión, cierra la puerta, y comienza a desvestirse. Me meto a la cama y me acomodo en mi lado, apoyada en mi estómago. Pero, apenas después de apagar la luz, Rudy comienza. Me volteo y me relajo un poco. Un poco contra mi voluntad. Pero de repente pasa. De pronto me comienzo a sentir gorda. Me siento horriblemente gorda, tan gorda que en comparación Rudy es muy pequeño y su presencia apenas se nota.

Es una historia curiosa, dice Rita, pero puedo ver que no le ha dicho mucho realmente.

Me siento mal. Pero no le contaré más. Ya le he dicho bastante.

Está sentada esperando, sus dedos juegan con su cabello.

¿Esperando qué? Quisiera saber.

Es agosto. Mi vida va a cambiar. Puedo sentirlo.

Traducción. Iván Ortega. Instagram: @just_text_no_sugar

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